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Gabriel de la Mora 
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Originalmentefalso


En la era digital, cuando la distinción entre original y copia comienza a desaparecer, Gabriel de la Mora se sumerge de manera obsesiva en la economía ilegal del arte para obtener la materia prima de su proyecto más actual, obras apócrifas, mismas que somete a un agresivo proceso de re-generación enfocado a restituir el principio de autenticidad. Lleva a cabo esta tarea por medio de una estética de la violencia donde mezcla aportes de la iconoclasia vanguardista, la asepsia minimalista y las astucias conceptuales. Experimento reflexivo que abre un margen de tensión entre legitimidad autoral y fraude; pero sobre todo, entre experiencia sensible, refinamiento y abyección. Al situarnos ante la floreciente industria de falsos, el artista hace patente tanto la inestabilidad de las instituciones del arte como del concepto mismo de creación.

Sin duda, esta empresa transformó a De la Mora en un obstinado cazador de piezas en diferentes estratos del submundo del mercado negro del arte, así como en experimentado negociador con galerías, casas subastadoras, talleres de restauro y coleccionistas alguna vez sorprendidos. Confrontar la simulación lo condujo a arremeter contra la materialidad de la obra adulterada, pero no por razones de moral sino de lenguaje, de ahí las dislocaciones y fricciones de su proyecto donde tritura, desuella, disuelve, raspa, incinera, funde, borra, encripta, encubre, difumina, vacía, corrompe y recurre al fantasma, al doble, al revés, al reflejo y al vaciamiento. Pero el principio de destrucción no reniega de la buena factura, de ahí que el taller del artista parezca una ajetreada manufactura de otros tiempos, la cual admite, a su vez, nuevas tecnologías y un rigor que clasifica, contabiliza, pesa, mide y registra. Tecnologías reduccionistas donde, pese a todo, asoma la huella engañosa del otro.

Es justo la función “arte” la encargada de poner en juego una simulación que jamás puede ser acusada de falsificar, ficción legítima que, además, se valora como una de las expresiones más altas de la humanidad. Sin embargo, un reto imposible para este proyecto está en confrontar que tanto el arte genuino como el falsificado se sustenta en elaborados procesos de subjetivación, y que si lo artístico implica una ficcionalidad sin fronteras, lo falsificado también y sin límites, de ahí su inusitada proliferación exponencial, dado que “la oportunidad” exacerba el deseo, a tal grado que la codicia hace uno del traficante, del coleccionista e incluso del comprador potencial. Y en el medio, la ironía involuntaria de una zona de ambigüedad siempre presente: ¿y si la obra destruida era genuina?

El arte de la impostura por Francisco Reyes Palma